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Fraudes digitales y “montadeudas”: cuando el comercio informal en redes sociales se convierte en un riesgo jurídico.

  • marzo 5, 2026
  • 4 min read
Fraudes digitales y “montadeudas”: cuando el comercio informal en redes sociales se convierte en un riesgo jurídico.

Por Osvaldo Hernández Olivera
Abogado en Derecho Informático | Opinión Legal sobre Tecnología y Futuro

Miles de usuarios compran y venden productos todos los días a través de Facebook, grupos de WhatsApp o el popular Facebook Marketplace, desde ropa usada hasta celulares, electrodomésticos o muebles: todo parece tener cabida en este enorme bazar digital. El problema es que, junto con las buenas oportunidades, también han comenzado a proliferar las trampas.

El lado oscuro de los “negocios de Facebook».
Para muchas personas, vender en redes sociales es una forma legítima de generar ingresos. No hay renta de local, no hay intermediarios y el alcance puede ser enorme. Sin embargo, esa misma facilidad ha creado un terreno fértil para quienes buscan aprovecharse de la confianza ajena. Las historias se repiten con inquietante frecuencia: alguien encuentra una “oferta irresistible”, hace una transferencia… y el vendedor desaparece. O bien acuerdan una entrega en persona y el encuentro termina en un robo.

En otros casos, el producto simplemente nunca existió. El problema de fondo es que muchas de estas transacciones ocurren en una especie de limbo legal. No hay facturas, no hay contratos, no hay garantías. Solo mensajes en un chat y la esperanza de que la otra persona cumpla su palabra. Y cuando las cosas salen mal, la pregunta aparece inevitablemente: ¿a quién reclamarle?

Cuando el derecho llega tarde al mercado digital.
Desde el punto de vista jurídico, estos casos son un rompecabezas. Las autoridades pueden perseguir delitos como fraude, por supuesto, pero hacerlo en el contexto de redes sociales no siempre es sencillo.
Los perfiles falsos, las cuentas desechables y la facilidad para borrar conversaciones complican la identificación de los responsables. A esto se suma otro factor: muchas víctimas no denuncian porque creen —no sin razón— que será difícil recuperar su dinero. El resultado es un fenómeno silencioso que crece todos los días: fraudes pequeños, dispersos, pero constantes. Una especie de economía paralela donde el comercio informal se mezcla con la delincuencia digital.

El otro problema que crece en los teléfonos: “montadeudas”
Mientras el comercio informal en redes sociales crece, otro fenómeno avanza por una vía distinta, aunque igual de preocupante: las aplicaciones de préstamos exprés, conocidas popularmente como “montadeudas”. La promesa es tentadora: dinero rápido, sin trámites complicados. Solo hay que descargar una aplicación y aceptar algunos permisos en el teléfono. Ahí comienza el verdadero problema.

Muchas de estas apps solicitan acceso a la lista de contactos, a las fotografías e incluso a archivos personales del dispositivo. En apariencia es parte del proceso de registro. Pero cuando el usuario no puede pagar el préstamo —algo bastante común debido a los intereses abusivos— comienza la presión. Mensajes intimidatorios, amenazas y, en los casos más extremos, campañas de humillación enviadas a familiares, amigos o compañeros de trabajo. De pronto, la deuda deja de ser un asunto privado. Se convierte en un mecanismo de extorsión digital construido con los propios datos de la víctima.

Un reto que el derecho todavía intenta entender.
Lo inquietante de estos fenómenos es que muestran con claridad algo que juristas y autoridades ya empiezan a reconocer: la tecnología está cambiando la forma en que se cometen los delitos. Los fraudes ya no ocurren únicamente en cajeros automáticos o correos electrónicos sospechosos. Ahora pueden nacer en un grupo de compraventa o en una aplicación que promete resolver problemas financieros en minutos.