ChatGPT leyó su nota, no le pagó nada. Y es perfectamente legal.
Por Osvaldo Hernández Olivera
Abogado en Derecho Informático | Opinión Legal sobre Tecnología y Futuro.
Los modelos de inteligencia artificial se entrenaron con el trabajo de miles de periodistas mexicanos. Ahora los reemplazan. La Ley Federal del Derecho de Autor no sabe qué hacer con eso.

Imagina esto: son las once de la noche en una redacción asfixiante. Un reportero lleva semanas persiguiendo una nota, gastando suela, saliva y el poco dinero que le pagan. Finalmente, publica la investigación. Siente ese orgullo fugaz del deber cumplido. Pero a la mañana siguiente, un chiste amargo recorre los grupos de WhatsApp del gremio: el mejor y más rápido resumen de su desvelo lo acaba de escupir una inteligencia artificial que jamás pisó la calle.
No es ninguna broma, es nuestra cruda realidad. Las máquinas devoraron el trabajo de miles de periodistas mexicanos, aprendieron a imitar su tono y ahora los están reemplazando. Dejas la piel reporteando, un chatbot tritura tu texto y se lo sirve en bandeja de plata a millones de usuarios que jamás harán clic en tu portal. Adiós visitas, adiós ingresos. ¿Alguien pidió permiso? Claro que no. Y lo más frustrante es que, bajo la ley actual, ni siquiera tenían que hacerlo.

El robo que no se llama robo.
A este saqueo silencioso los técnicos lo llaman web scraping. Suena muy sofisticado, pero en la práctica significa soltar ejércitos de robots digitales para raspar y exprimir artículos, columnas y crónicas de medios locales. Usaron el sudor de cada frente para enseñarle a la máquina cómo suena el periodismo de verdad. Nuestra Ley Federal del Derecho de Autor ampara cada texto desde el instante en que ve la luz, sin necesidad de trámites burocráticos. Pero esta misma ley guarda un silencio sepulcral cuando se trata de inteligencias artificiales. No aclara si entrenar algoritmos con el dolor propio y esfuerzo es un delito o una laguna legal. Y en este juego de silencios, los gigantes tecnológicos siempre ganan por la inmensa fuerza de sus billeteras.
Lo que Europa ya decidió y México ni ha discutido.
Cruzas el charco y la historia es otra: en Europa no se andan con rodeos. Su directiva del año dos mil diecinueve reconoció la minería de texto y blindó a los editores. Es más, el reciente marco legal obliga a estos monstruos a confesar qué obras protegidas usaron para volverse tan genios. No es la panacea, de acuerdo, pero al menos da la cara por los creadores. ¿Y en México? Bien gracias, seguimos en la prehistoria digital.

Mientras nuestros legisladores duermen, el periodismo de a pie se desangra. Las redacciones independientes, esas que sobreviven con lo mínimo y que realmente cuentan lo que pasa en nuestra Puebla, en Veracruz u Oaxaca, son las que más sufren este duro golpe. Hacen el trabajo sucio y muy local que las plataformas de Silicon Valley no pueden hacer. Luego, el algoritmo simplemente lo expropia y lo resume.
La pregunta que el INDAUTOR tendría que responder.
En teoría, cualquier medio local podría sentar a OpenAI en el banquillo de los acusados. En la vida real, sería un suicidio financiero enfrentarse a corporaciones que tienen más abogados que muchos países enteros. Es una pelea de David contra Goliat, pero sin honda. La solución no saldrá de un tribunal, tiene que nacer en el Congreso y en el INDAUTOR. Necesitamos reglas claras, exigencias de licencias y sobre todo, justicia económica para quienes realmente producen la información.

Esa máquina brillante que hoy te responde todo, aprendió a leer devorando el talento de reporteros de carne y hueso y como consecuencia redacta en su lugar. Y no queda más que seguir aquí, aguardando a que alguien frene esta hemorragia antes de que no quede ni un solo periodista al que valga la pena proteger.







