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México se quedó sin vergüenza

  • junio 22, 2026
  • 3 min read
México se quedó sin vergüenza

Directo y sin Escalas, por Gerardo Herrera

Hubo un tiempo en que un escándalo podía destruir una carrera política.

Una mentira exhibida, un abuso de poder o una conducta indigna frente a la sociedad eran suficientes para provocar una renuncia, una disculpa genuina o, al menos, un costo público importante.

Hoy parece que ya no.

Esta semana, el alcalde de El Carmen, Nuevo León, Gerardo de la Maza Villarreal, fue captado en video protagonizando un altercado con un mesero en un restaurante. Las imágenes recorrieron las redes sociales, los medios retomaron el caso y, como suele ocurrir, llegó la disculpa pública.

Pero más allá del incidente en sí, el episodio vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿en qué momento dejamos de sentir vergüenza por las conductas que deberían avergonzarnos?

Porque el problema no es exclusivo de un alcalde ni de un partido político. Lo vemos con demasiada frecuencia. Funcionarios exhibidos por prepotencia, políticos atrapados en contradicciones evidentes, personajes públicos que mienten descaradamente o utilizan su posición para intimidar a otros. La evidencia aparece, el escándalo explota y, unos días después, todo sigue exactamente igual.

Lo que está muriendo no es la corrupción. Esa ha existido siempre. Lo que parece haber desaparecido es algo más grave: la vergüenza pública.

Durante décadas, la vergüenza funcionó como un límite invisible. Nadie quería ser señalado como abusivo, mentiroso o incongruente. Existía un costo moral. Hoy, en cambio, muchos han entendido que la indignación dura menos que una tendencia en redes sociales.

Basta resistir un par de días.

Publicar un comunicado.

Pedir disculpas.

Esperar el siguiente escándalo.

Y continuar como si nada hubiera pasado.

Lo preocupante es que esta normalización ya no afecta solamente a la política. También alcanza a empresarios, influencers, líderes de opinión y ciudadanos comunes. Vivimos en una época donde reconocer un error parece un signo de debilidad y donde defender lo indefendible se ha vuelto una práctica cotidiana.

Sin embargo, una democracia no se sostiene únicamente con leyes, fiscalías o tribunales. También necesita límites éticos. Necesita que la mentira, el abuso, la soberbia y la incongruencia tengan consecuencias sociales.

Cuando esas consecuencias desaparecen, la impunidad deja de ser únicamente jurídica. Se vuelve cultural.

Y ahí está el verdadero riesgo.

Porque una sociedad puede sobrevivir a muchos escándalos. Lo que difícilmente puede soportar es acostumbrarse a ellos.

Tal vez el problema de México no sea que sigan apareciendo casos vergonzosos.

Tal vez el verdadero problema es que hemos dejado de avergonzarnos.

Y cuando una sociedad pierde la capacidad de escandalizarse ante lo que está mal, corre el riesgo de terminar aceptándolo como algo normal.

Lo que está muriendo no es la corrupción. Lo que parece haber desaparecido es algo más grave: la vergüenza pública.