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Los mineros de Tlaola

  • septiembre 6, 2026
  • 4 min read
Los mineros de Tlaola

Mirada de Mujer | Por Ángela Mercado

Antes los delincuentes necesitaban una bodega para guardar droga, armas o mercancía robada.

Ahora una bodega con computadoras puede producir dinero las 24 horas sin que prácticamente nadie vea entrar o salir nada.

Eso es lo inquietante del descubrimiento realizado en Tlaola, en plena Sierra Norte de Puebla.

La FGR, Marina y la Secretaría de Seguridad Pública encontraron un inmueble con cerca de 300 equipos especializados funcionando, un transformador de pedestal, aproximadamente 80 terminales de media tensión y ocho antenas de internet satelital. No estamos hablando de tres muchachos jugando a ser hackers desde una recámara. Estamos hablando de una instalación que necesitó dinero, conocimientos técnicos, infraestructura eléctrica y logística para ponerse en marcha.

Y entonces aparece la primera pregunta:

¿quién pagó todo eso?

Porque las computadoras no llegaron caminando a Tlaola. Tampoco apareció mágicamente el transformador ni alguien instaló por casualidad decenas de conexiones de media tensión y ocho enlaces satelitales.

Alguien financió.

Alguien instaló.

Alguien consumió electricidad.

Y alguien estaba recibiendo las criptomonedas generadas.

Ahí debería comenzar la investigación.

Hay que hacer además una precisión importante: minar criptomonedas no constituye por sí mismo un delito. La propia información disponible sobre el caso señala que la investigación deberá determinar el origen de los recursos, la legalidad del suministro eléctrico y, especialmente, si los activos virtuales obtenidos fueron empleados para ocultar o movilizar dinero procedente de actividades ilícitas.

Y es precisamente ahí donde Tlaola deja de ser una curiosidad tecnológica para convertirse en un asunto policiaco.

Porque las autoridades estatales reconocieron que analizan si esas criptomonedas pudieron utilizarse para dar apariencia de legalidad a recursos relacionados con actividades ilícitas. Hasta ahora es una línea de investigación, no un hecho acreditado.

Pero existe un antecedente demasiado cercano para ignorarlo.

En abril de 2025, en Nuevo Necaxa, municipio de Juan Galindo, fueron descubiertas granjas de criptomonedas conectadas clandestinamente a la red de CFE. Las autoridades investigaron entonces lo que llegó a describirse como uno de los mayores esquemas de robo de electricidad detectados en el país.

Y Nuevo Necaxa y Tlaola pertenecen a la misma región de la Sierra Norte.

¿Coincidencia?

Puede ser.

Pero ésa precisamente es una de las preguntas que tendría que responder la inteligencia financiera y criminal: ¿estamos viendo instalaciones aisladas o una red?

Porque una granja clandestina puede esconderse mucho mejor en una comunidad alejada que en Puebla capital. Necesita energía abundante, conectividad y discreción. No requiere clientes entrando, camiones descargando mercancía diariamente ni grandes letreros en la fachada.

Puede pasar meses produciendo dinero detrás de una puerta cerrada.

Por eso perseguir estas operaciones exige cambiar también la lógica policiaca.

No basta con patrullas.

Hay que seguir consumos eléctricos extraordinarios, transformadores, contratos de suministro, propietarios y arrendatarios de los inmuebles, proveedores de los equipos, conexiones satelitales y, sobre todo, las billeteras digitales hacia donde terminaron las criptomonedas generadas.

El dinero digital también deja huellas.

Y 300 máquinas dejan muchas.

La investigación de Tlaola será verdaderamente importante si no termina con la fotografía de cientos de computadoras decomisadas.

Lo relevante será conocer quién las compró, quién pagaba la electricidad, desde cuándo funcionaban, cuánto produjeron y quién recibió ese dinero.

Porque decomisar las máquinas es relativamente sencillo.

Encontrar al dueño del negocio es otra historia.

Y quizá detrás de esas pantallas negras y esos ventiladores funcionando día y noche esté apareciendo una nueva generación del delito en Puebla:

menos visible, menos ruidosa y muchísimo más sofisticada.

El crimen también se está digitalizando.

La pregunta es si nuestras policías lo están haciendo a la misma velocidad.

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