BUAP: de trinchera ideológica a potencia académica
Directo y Sin Escalas, por Gerardo Herrera
Hay historias que se cuentan con cifras… y otras con cicatrices. La BUAP tiene ambas.
Yo no hablo desde la distancia. Hablo como lobo-buap, de esos que crecimos escuchando que la universidad no solo era un espacio académico, sino un territorio de disputa, de asambleas interminables, de paros, de banderas ideológicas que muchas veces pesaban más que los libros.

Durante décadas, la entonces Universidad de Puebla cargó con una fama incómoda: la de ser una institución tomada por sus propios conflictos internos. No era gratuito. Basta recordar los años setenta y ochenta, cuando el movimiento estudiantil marcó su ADN; los noventa, con crisis de gobernabilidad que ponían en duda su rumbo; o los episodios de paros que paralizaban semestres completos. La universidad era noticia… pero no por su excelencia.
Era una universidad intensa, sí. Pero también fragmentada.

Y sin embargo, algo cambió.
No fue de la noche a la mañana. Fue un proceso largo, silencioso, incluso ingrato. La BUAP tuvo que hacer lo que pocas instituciones logran: reconstruirse sin perder su esencia. Profesionalizar su estructura, ordenar su vida interna, apostarle a la investigación, abrirse al mundo sin renunciar a su vocación social.

Hoy, el dato es contundente: séptimo lugar nacional en la “Guía de las Mejores Universidades 2026”, con una calificación de 9.75.
Pero reducirlo a un ranking sería quedarse en la superficie.
Lo verdaderamente relevante es lo que ese número representa. La BUAP dejó de ser vista como un foco de conflicto para convertirse en un actor serio dentro del sistema universitario mexicano. Pasó de la sospecha a la confianza. De la resistencia interna a la proyección externa.
Hoy compite.
Y compite bien.
Sus egresados ya no solo llenan plazas locales: están en empresas, en centros de investigación, en espacios donde antes simplemente no figuraban. La empleabilidad —ese indicador frío que tanto pesa en los rankings— es, en realidad, un termómetro social: significa que la universidad está cumpliendo su función más básica y más compleja al mismo tiempo, que es cambiar vidas.
Porque de eso se trata.
La BUAP sigue siendo pública. Y eso no es menor. En un país donde la educación superior de calidad muchas veces está condicionada al ingreso económico, que una universidad pública alcance estos niveles no es solo un logro institucional, es un acto de justicia social.
Claro, no todo está resuelto. Ninguna universidad lo tiene. Persisten inercias, retos administrativos, tensiones propias de una comunidad viva. Pero hay una diferencia fundamental: hoy esos conflictos ya no definen a la institución.
Antes, la BUAP era rehén de sus crisis.
Hoy, es dueña de su rumbo.
Y eso, para quienes la vimos en sus momentos más ásperos, no es un dato más. Es una transformación histórica.
Porque sí, la universidad que alguna vez fue sinónimo de conflicto, hoy se mete al top 10 nacional.
Y no llegó por accidente.
Llegó porque entendió que la verdadera revolución no está en las consignas… sino en la calidad.








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