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Puebla quiso castigar el acoso digital y el tribunal se lo tumbó: ahora, ¿quién protege a las víctimas?

  • marzo 26, 2026
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Puebla quiso castigar el acoso digital y el tribunal se lo tumbó: ahora, ¿quién protege a las víctimas?

Por Osvaldo Hernández Olivera

Abogado en Derecho Informático | Opinión Legal sobre Tecnología y Futuro .

El caso del artículo 480 revela que legislar mal en el espacio digital puede ser tan peligroso como no legislar

Hay algo peor que el vacío legal y es el legislazo de apariencia, ese que se cocina a las carreras, entre café y ganas de salir en la foto, pero que al primer contacto con la realidad se deshace como algodón de azúcar. Lo que acaba de pasar en Puebla con el ya tristemente famoso Artículo 480 no es solo un tropiezo jurídico; es un recordatorio de que, cuando se trata de derechos digitales, la buena voluntad no basta si no hay un gramo de rigor técnico. El pasado 23 de marzo, la justicia federal le dio el tiro de gracia a una norma que nació muerta: el Tercer Tribunal Colegiado ratificó lo que era un secreto a voces desde enero: el artículo es inconstitucional. Al Gobierno se le cayó el último muro de defensa y quedó expuesta la cruda realidad de nuestra política: nos encanta legislar de prisa, peor aún, sin entender un ápice de cómo funciona el internet.

El miedo como política de Estado.
La intención, nos dijeron, era proteger a las víctimas de ciberasedio. Suena bien, ¿no? El problema es que se redactó una ley elástica y vaga que, en las manos equivocadas, era una guillotina perfecta. Lo que en derecho llaman «efecto inhibitorio» —y que la ciudadanía conoce como «mejor me callo para que no me metan al bote»— estaba ahí, agazapado. Como bien señaló el juez, la incertidumbre es el peor enemigo de la libertad: si no queda claro qué es acoso y qué es crítica, cualquier periodista que incomode al poder o cualquier activista con una cámara en la mano podía terminar con una condena de tres años, no por delincuentes, sino por el «pecado» de no saber si lo que escribían iba a ser interpretado como hostigamiento.

El «madruguete» sale caro.
Lo que realmente preocupa no es que el Tribunal haya hecho su trabajo: es que el Congreso de Puebla se empeñara en defender un engendro jurídico. Algunos integrantes de la Cámara hicieron oídos sordos a los expertos y prefirieron el «ya luego vemos» antes que admitir que se habían equivocado. Y mientras el tiempo pasa, las víctimas de verdad —mujeres, periodistas, activistas— se quedan en el peor de los mundos.

Porque el ciberasedio no es una teoría de café; es una violencia que destruye reputaciones y salud mental en cuestión de minutos. Al caerse la ley por estar mal hecha, el vacío se vuelve más hondo. Hoy, solo se salvan del castigo los que tuvieron recursos para ampararse, mientras el resto de la población sigue bailando en la cuerda floja.

Menos cámaras, más especialistas.
Legislar sobre lo digital sin entender la viralidad o la delgada línea entre la opinión y el asedio es como intentar operar un corazón con un manual de carpintería: es una irresponsabilidad que raya en lo grotesco. Puebla tiene ahora una oportunidad de oro para sacudirse la soberbia: necesitamos una ley que no nazca en una oficina cerrada, sino de la mano de quienes sí saben: los especialistas y las víctimas. Es un camino más lento sí, pero es el único que no termina estrellado en un tribunal.

El espacio digital exige legisladores que lo entiendan antes de regularlo y Puebla ya pagó el costo de ignorar esa lección.

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