8M en Puebla: memoria, rabia… y responsabilidad
Por Rita Sánchez
La marcha del 8 de marzo en Puebla volvió a mostrar que la sociedad está cambiando. Miles de mujeres salieron a las calles para recordar que el Día Internacional de la Mujer no es una fecha festiva, sino una jornada de memoria y exigencia que nació de las luchas obreras de principios del siglo XX, cuando trabajadoras textiles comenzaron a organizarse para exigir jornadas dignas, salario justo y derechos políticos. Más de cien años después, la agenda sigue abierta.
En Puebla, la movilización dejó imágenes contrastantes. Por un lado, algunos grupos realizaron actos de iconoclasia que terminaron dañando paradas del sistema de transporte RUTA Puebla, un episodio que inevitablemente vuelve a colocar el debate entre protesta y vandalismo. Pero lo relevante este año fue que la marcha se desarrolló con menos confrontaciones y menos destrozos que en ocasiones anteriores, en parte por la ausencia del llamado “bloque negro”, grupos que en años previos protagonizaron actos más agresivos, como los golpes con martillos a la Fuente de San Miguel en el Zócalo.

La ausencia de esos grupos fue vista positivamente por varios contingentes, porque permitió que el centro de la movilización volviera a lo esencial: las causas.
Entre las columnas de manifestantes también caminaron familiares de personas desaparecidas, mujeres que cargaban fotografías de hijos, hermanas o esposos que no han vuelto a casa. Su mensaje fue claro: que la sociedad no normalice las desapariciones y que las autoridades refuercen la búsqueda. En México hay más de 110 mil personas desaparecidas registradas oficialmente, una cifra que explica por qué estas marchas también se han convertido en espacios de memoria colectiva.

Pero el 8M también obliga a mirar otros frentes menos visibles. Están las mujeres que viven violencia en sus hogares, las que enfrentan brechas salariales y precariedad laboral, y también las mujeres privadas de la libertad, muchas de ellas madres que viven procesos judiciales largos, condiciones penitenciarias complejas y una carga social que rara vez entra en el debate público. Para muchas de ellas, cada día es una batalla silenciosa que casi nunca aparece en las pancartas.
Aun así, el 8M en Puebla dejó algo que vale la pena reconocer: una sociedad que cada vez participa más, que se expresa, que discute y que comienza a asumir los conflictos que enfrentan las mujeres como un tema colectivo y no sólo individual.

Porque si algo mostró la jornada de este año es que la causa ya no pertenece únicamente a los colectivos feministas. Cada vez más ciudadanos —hombres y mujeres— entienden que hablar de igualdad, justicia y seguridad para las mujeres no es una consigna ideológica.
Es, simplemente, una deuda social.







