El monstruo de Atizapán
Por Gerardo Herrera
Hay una escena del crimen de Atizapán que probablemente sobrevivirá a todas las demás.
No son los cuerpos. No es el arma. Ni siquiera son los millones en criptomonedas que, según la Fiscalía, buscaban los presuntos responsables.

Como si nada, fueron por unos tacos.
Porque después de la masacre, uno de los señalados habría manejado hasta avenida Mixcoac, en la Ciudad de México, buscando un lugar para cenar. El restaurante estaba cerrado y siguió su camino.

Parece una escena escrita para una novela de Truman Capote.
Horas antes, Jonathan Meléndez había estado jugando pádel. Sabía que Diego Sebastián «N», su socio, lo esperaba en casa y algo no le cuadraba. Al llegar pidió a un amigo que permaneciera abajo y, según el testimonio incorporado a la investigación, le dejó una instrucción inquietante: si no respondía, que pidiera ayuda.

Subió.
Nunca volvió.

Dentro estaban su esposa embarazada, su hija de tres años y Aleyda, la joven que trabajaba con la familia. Los cuatro fueron asesinados. También mataron a la mascota. Un niño de seis años sobrevivió a aquello que ningún niño debería siquiera imaginar.
La Fiscalía sostiene que detrás estaba la búsqueda de una «caja fría» con criptomonedas. También investiga la promesa de dos millones de pesos al presunto cómplice. Los dos detenidos están en prisión preventiva y todavía deben enfrentar el proceso que determinará sus responsabilidades.
Pero ésta no es una columna sobre bitcoins.
Es sobre nosotros.
Sobre el momento en que vivimos.
Porque el monstruo de Atizapán no apareció encapuchado en medio de la noche. De acuerdo con la investigación, era alguien conocido por la víctima, alguien a quien dejaron entrar porque existía confianza.
Y eso recuerda una verdad incómoda de los grandes relatos criminales: desde A sangre fría, de Capote, hasta tantos expedientes contemporáneos, lo que verdaderamente aterra no es encontrar al monstruo.
Es descubrir que parecía una persona absolutamente normal.
¿Qué está ocurriendo para que el dinero, el poder, la ambición o el resentimiento puedan apagar hasta ese punto el último interruptor de humanidad?
Hemos convertido el éxito en una carrera desesperada por poseer. La casa más grande. El automóvil. Los millones. Las inversiones. El reconocimiento. La posición.
Y algunos terminan creyendo que aquello que desean vale más que quien tienen enfrente.
Por eso los tacos importan.
No porque comer después de un crimen demuestre por sí mismo nada sobre la culpabilidad —eso corresponde a los tribunales—, sino por la brutal normalidad de la escena que reconstruye la Fiscalía.
La vida continúa.
Hay hambre.
Hay tráfico.
Hay que cenar.
Tal vez por eso este crimen nos produce tantos escalofríos.
Porque imaginamos al mal como algo extraordinario, cuando muchas veces se presenta vestido de cotidianidad.
El monstruo no siempre tiene los ojos inyectados de sangre.
Puede hacer negocios.
Puede sonreír.
Puede conocer a tus hijos.
Puede entrar a tu casa porque tú mismo autorizaste su entrada.
Y después puede sentir hambre.
El dinero perdido algún día puede recuperarse. Las propiedades cambian de dueño. Las criptomonedas suben y bajan. El poder termina y las fortunas desaparecen.
Pero existe una pobreza de la que difícilmente se regresa:
quedarse sin humanidad.
Y quizá ése sea el verdadero monstruo de Atizapán.








