Pintar de más termina borrando la marca
Directo y Sin Escalas, por Gerardo Herrera
La política suele enamorarse de sus propias fórmulas.
Si una barda funciona, pintemos cien. Si un nombre empieza a sonar, multipliquémoslo por toda la ciudad. Y si otro aspirante pinta encima, volvamos a pintar.

El problema comienza cuando la propaganda deja de posicionar al personaje y empieza a cansar al ciudadano.
Eso parece estar ocurriendo en Puebla rumbo a 2027.

Morena sostiene que muchas de estas pintas no constituyen actos anticipados de campaña y que varios de sus cuadros incluso se han deslindado de ellas. Puede ser. Pero hay un error peligroso en reducir todo el debate a si existe o no una sanción electoral.
Porque no todo lo legalmente defendible es políticamente inteligente.

Una cosa es que una autoridad no encuentre elementos suficientes para castigar una barda. Otra muy distinta es preguntarse qué mensaje recibe la gente cuando ve nombres de funcionarios repetidos una y otra vez mucho antes de que comience una campaña.

Y ahí aparece el verdadero riesgo.
Morena construyó buena parte de su identidad alrededor de la austeridad, el territorio y la cercanía con la gente. Pero una sobreexposición de bardas, espectaculares y promociones personales puede empezar a comunicar exactamente lo contrario: ansiedad por el cargo, exceso de recursos y una competencia interna adelantada.
Además, toda publicidad tiene un punto de saturación.
Primero genera reconocimiento. Después indiferencia. Y finalmente rechazo.
Por eso el fenómeno de las “Bardas Blancas” debería preocupar más por su significado político que por la pintura que desaparece.
Porque cuando la gente comienza a celebrar que borren tu propaganda, quizá el problema ya no sea quién despintó la pared.
Quizá el problema sea que pintaste demasiado.








