AG Medios Noticias de Puebla

Tiempo de mujeres… ¿también cuando no son de las nuestras?

  • octubre 4, 2026
  • 4 min read
Tiempo de mujeres… ¿también cuando no son de las nuestras?

Itzeli Zamora

Hoy vivimos bajo una narrativa que, durante décadas, parecía lejana: abrir espacios para que las mujeres encabecen un país, instituciones, secretarías, direcciones y lugares de decisión que históricamente tuvieron las puertas cerradas para nosotras.

Sí, es tiempo de mujeres.

Pero quizá ha llegado el momento de hacernos una pregunta incómoda: ¿también es tiempo de mujeres cuando la mujer que llega al poder no es de las nuestras?

En México, el reconocimiento del derecho de las mujeres a votar y ser votadas quedó establecido en 1953. Siete décadas después, en 2024, el país eligió por primera vez a una mujer como presidenta de la República.

Puebla también tiene su propia historia en este camino. En 2018, Martha Érika Alonso se convirtió en la primera gobernadora del estado, aunque su administración terminó apenas diez días después de haber iniciado, tras el accidente aéreo en el que perdió la vida.

Y hoy, después de décadas de participación femenina en la vida universitaria, una mujer encabeza la máxima casa de estudios del estado: la BUAP, con Lilia Cedillo Ramírez al frente.

Precisamente, durante el primer informe de labores de la rectora, el gobernador Alejandro Armenta respaldó su permanencia hasta 2029 y lanzó un mensaje dirigido a quienes, dijo, buscan desestabilizar su segundo periodo en la rectoría: “no se deje llevar por los que dicen que la quieren quitar antes”.

En ese mismo discurso apareció una frase que merece algo más que un aplauso: hay que “sacudirnos la misoginia” y construir un trabajo conjunto entre hombres y mujeres. De acuerdo.

Pero, ¿qué significa realmente sacudirnos la misoginia?

No solamente rechazar las agresiones, el acoso, la violencia de género o esas frases que durante años han intentado minimizar las capacidades de liderazgo de una mujer.

También significa revisar lo que ocurre dentro de nuestros propios espacios.

Porque hoy hablamos de paridad en los partidos políticos, de mujeres gobernando, de compartir el poder y de abrir oportunidades. Pero, ¿qué ocurre al interior de esos gobiernos, de esas instituciones, de esos partidos y de esas oficinas?

Ahí es donde el discurso empieza a ponerse a prueba. Sacudirnos la misoginia también implica eliminar esas pequeñas violencias que muchas veces normalizamos: excluir, desacreditar, bloquear, minimizar, cerrar puertas o cuestionar las capacidades de una mujer simplemente porque no pertenece a nuestro grupo.

Porque quizá sacudirnos la misoginia no consiste únicamente en aceptar que una mujer llegue al poder.

También consiste en aprender a respetarla cuando no pertenece a nuestro círculo de amigos, cuando no piensa como nosotros, cuando no comparte nuestros intereses o cuando ocupa el espacio que alguien más quería.

El verdadero tiempo de mujeres no debería medirse solamente por cuántas mujeres llegan.

También por lo que hacemos cuando llegamos.

Lee también: Paridad y democracia interna: el límite está en el método

Porque una mujer puede ocupar una silla históricamente ocupada por hombres y, desde ella, reproducir exactamente las mismas prácticas que durante años hemos cuestionado: favoritismos, exclusiones, violencia laboral, discriminación, acoso o abuso de poder.

Cambiar el nombre de quien manda no necesariamente cambia la manera de ejercer el poder.

Y ese quizá sea el verdadero desafío.

No se trata solamente de que las mujeres lleguemos a diputaciones, secretarías, rectorías, direcciones o cualquier espacio de decisión. Se trata de entender que esas sillas no pertenecen a una persona, a un grupo, a una amistad o a una alianza.

Son espacios que debemos aprender a ejercer y, sobre todo, a respetar.

Porque quizá el verdadero tiempo de mujeres no habrá llegado cuando una mujer consiga sentarse en una silla que durante siglos ocuparon los hombres.

Habrá llegado cuando ninguna mujer necesite ser amiga, aliada, subordinada o parte de un círculo para ser respetada en esa silla.

Y aquí también hemos confundido un término: la sororidad.

La sororidad no se demuestra cuando apoyamos a nuestras amigas, a nuestras aliadas o a quienes piensan como nosotras.

Se pone a prueba cuando somos capaces de respetar a una mujer con la que no coincidimos.

No necesitamos querernos todas.

Necesitamos aprender a no destruirnos entre nosotras para ejercer el poder.

Porque si el poder cambia de manos, pero no cambia la forma de ejercerlo, quizá no estamos viviendo un verdadero tiempo de mujeres. Solo estamos viendo nuevos nombres ocupar las mismas viejas prácticas.