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No llegamos todas: algunas olvidaron lo que representa el poder

  • octubre 13, 2026
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No llegamos todas: algunas olvidaron lo que representa el poder

Itzeli Zamora

Generaciones de mujeres lucharon para que las siguientes tuvieran un futuro con más derechos y oportunidades. Esas batallas ganadas nos permiten estudiar, trabajar, votar, ocupar una curul, dirigir instituciones y hasta sentarnos en la silla presidencial, un espacio que históricamente estuvo reservado, en la práctica, para los hombres.

En ese camino se rompieron techos de cristal y abrieron puertas que parecían imposibles de cruzar. Por eso, cuando la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo pronunció la frase “no llego sola, llegamos todas”, evocó una lucha colectiva para que hoy una mujer encabece el Poder Ejecutivo federal.

La frase tiene peso histórico, más allá de la fotografía, el discurso o la celebración, nos recuerda los espacios conquistados por una mujer y que representa las aspiraciones de muchas otras que todavía buscan una oportunidad al frente de una diputación, una secretaría, de una regiduría o de la presidencia municipal y de otros espacios donde se toman decisiones.

En el pasado un cargo público representaba seriedad, honor, orgullo y compromiso. La autoridad se asociaba con responsabilidad institucional que debía respetarse. Hoy, las formas de comunicación han cambiado con las redes sociales, la política ya no se limita a la conferencia de prensa, al templete o al boletín oficial.

Pero, ¿en que momento la necesidad de conectar con las personas se confunde con la obligación de convertirlo todo en entretenimiento? ¿Cuándo la cercanía se vuelve una tendencia en las plataformas digitales dejando en segundo plano la responsabilidad de un cargo?

No se trata de exigir seriedad, ni que abandonen sus redes sociales, se trata de recordar que la investidura no es un accesorio que se utiliza durante actos oficiales y se guarda al terminar la jornada. El representar a la ciudadanía implica asumir responsabilidades más allá de la imagen personal.

Si una diputada o funcionaria pública decide bailar, cantar o participar en una tendencia o podcast, eso no tendría que invalidar su trabajo, pero tampoco debería ser el contenido más visible o el único elemento por el que la ciudadanía la conoce.

En los últimos meses hemos visto como diputadas locales de Morena, Nayeli Salvatori y Graciela Palomares destacaron por una controversia generada por comentarios y burlas sobre hombres adultos mayores durante el podcast. Recientemente funcionarias que bailan y cantan junto a sus equipos de trabajo, como la Secretaria de Turismo, Karla López Malo, mientras otras comparten rutinas de ejercicio desde casa como la presidenta municipal de Quecholac, Guadalupe Martínez o quienes aprovechan las plataformas digitales para recomendar destinos, y atractivos turísticos de Puebla entre una infinidad de contenido similar.

Todas son formas de comunicación válidas, pero cabe preguntarse si, detrás de los videos y las tendencias, también existe una estrategia para informar sobre sus responsabilidades, los resultados de su gestión y los compromisos que tienen con la ciudadanía.

Porque una cosa es acercarse a la gente y otra convertir la función pública en un escaparate de popularidad. Y ojo, que la tentación de conseguir likes no es exclusiva de quienes ocupan cargos públicos: también hay redacciones que recurren a exhibir o ridiculizar a sus propios trabajadores para ganar interacciones, una práctica que ya provocó un fuerte jalón de orejas. Pero esa, como suele decirse, es otra historia.

Entonces, la sororidad no significa aplaudir todo lo que hace otra mujer, significa reconocer las desigualdades que enfrentamos sin dejar de exigir responsabilidades a quienes tienen la posibilidad de cambiar las cosas. Y eso incluye preguntarnos ¿qué hacen las mujeres que ya llegaron para abrirles camino a quienes todavía no tienen contactos políticos, espacios de decisión, ni oportunidades para ser escuchadas?

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A las mujeres no deberíamos evaluarlas por su contenido en redes sociales, por si bailan, cantan, dan consejos, son espontáneas, ni tampoco deberíamos exigirles resultados por el simple hecho de ser mujer. El reto es que las mujeres que ya llegaron puedan ejercer el poder sin ser reducidas a su comportamiento y que comprendan que la responsabilidad pública no puede reducirse a una imagen en redes sociales.

Porque llegar fue una conquista. Y si “no llegamos solas”, vale la pena preguntar ¿Quiénes están trabajando para las que faltan puedan llegar?