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Coatlicue: la supercomputadora de seis mil millones que no nos protege de nada

  • enero 3, 2026
  • 3 min read
Coatlicue: la supercomputadora de seis mil millones que no nos protege de nada

Por Osvaldo Hernández Olivera

Abogado en Derecho Informático | Opinión Legal sobre Tecnología y Futuro.

México mantiene una tendencia recurrente a apostar por proyectos tecnológicos de alto impacto mediático, aun cuando persisten carencias estructurales no resueltas. La inversión de seis mil millones de pesos en la supercomputadora Coatlicue ilustra esta lógica: un avance relevante en términos científicos que contrasta con la fragilidad del entorno digital del país.

Desde el ámbito académico y de investigación, contar con infraestructura de supercómputo es positivo. Permite análisis avanzados en áreas como cambio climático, desarrollo farmacéutico e inteligencia artificial. Sin embargo, el contexto nacional obliga a plantear una pregunta legítima: ¿es esta la prioridad cuando la ciberseguridad institucional sigue siendo un punto crítico?

El Dilema de la asignación de recursos: ¿Ciencia vs. seguridad?
La inversión no se limita al hardware; implica centros de datos, consumo energético constante, sistemas de enfriamiento especializados y personal altamente calificado, todo con recursos públicos. Se presenta como una apuesta por la soberanía científica, pero dicha soberanía comienza por garantizar la protección de la información estratégica del Estado y de los datos personales de la ciudadanía. La ciberseguridad, a diferencia de los grandes proyectos tecnológicos, no suele generar visibilidad política. No hay anuncios por ataques que se evitaron ni ceremonias por sistemas que no fueron vulnerados.

En contraste, una supercomputadora es tangible, simbólica y fácilmente asociada al discurso de modernización, aun cuando la infraestructura digital básica continúe expuesta. México ha sido, en los últimos años, un blanco recurrente de ataques informáticos a dependencias públicas e instituciones estratégicas. Estos incidentes no son hechos aislados, sino síntomas de una estrategia de seguridad digital fragmentada y reactiva. En ese escenario, resulta contradictorio aspirar a capacidades avanzadas de procesamiento sin haber fortalecido primero los cimientos.

La discusión no es si Coatlicue es un proyecto valioso. La ciencia siempre suma. El debate real está en el orden de las decisiones. La ciberseguridad no debería ser un complemento opcional, sino un eje estructural de cualquier política tecnológica. De poco sirve proyectar el futuro con super cómputo si, en el presente, la información crítica del país sigue vulnerable.

La tecnología pública debe priorizar la protección institucional y ciudadana; solo a partir de ahí, la innovación puede cumplir su promesa. Por lo tanto, se debe definir qué tipo de nación digital queremos ser: ¿una que invierte solo en la frontera de la ciencia, o una que construye bases sólidas de protección y confianza para todos sus ciudadanos en el ciberespacio?

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