El día que una Presidenta pidió apagar la televisión
Directo y Sin Escalas, por Gerardo Herrera
“No vean TV Azteca”.
La frase de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo no fue un chispazo ni una ocurrencia mañanera. Fue una señal política. Una frase que retrata el momento que vive México: la guerra abierta entre el poder político y el poder mediático.

Porque en este país la televisión nunca fue solamente televisión.
Desde la privatización de Imevisión en 1993 —convertida después en TV Azteca bajo el control de Ricardo Salinas Pliego— los grandes consorcios mediáticos dejaron de limitarse a informar. Aprendieron a construir percepciones, impulsar candidatos, destruir reputaciones y administrar emociones colectivas.

Durante décadas, el poder político necesitó a la televisión para sobrevivir. Hoy ocurre algo distinto: el gobierno más fuerte electoralmente desde el viejo PRI decidió confrontarla de frente.
Y ahí está el verdadero fondo del asunto.

No son las mantas de “narcogobernadores”. No es un colectivo desconocido colocando lonas en la Ciudad de México. Lo importante es que México entró a una nueva etapa donde la disputa principal ya no es solamente por el poder… sino por la credibilidad.
Antes, una televisora podía definir la conversación nacional desde el horario estelar. Hoy, una Presidenta responde en tiempo real desde Palacio Nacional, redes sociales y conferencias mañaneras vistas por millones.
El monopolio de la narrativa se rompió.
Pero eso no significa necesariamente más democracia.
Porque también existe un riesgo cuando el poder político comienza a decidir qué medios son “mentirosos” y cuáles sí merecen credibilidad. La crítica incómoda puede convertirse fácilmente en “campaña”, y el cuestionamiento en “ofensiva mediática”.
Y del otro lado tampoco hay santos.
Muchos medios dejaron de hacer periodismo hace tiempo para convertirse en operadores políticos, corporativos o fiscales. México arrastra una vieja relación tóxica entre empresarios mediáticos y gobiernos en turno: contratos, concesiones, favores, presiones y venganzas disfrazadas de información.
La diferencia es que hoy esa batalla ocurre frente a todos y en tiempo real.
Lo más delicado es que el país comienza a dividirse no entre quienes tienen razón y quienes no, sino entre quienes sólo consumen la versión que confirma sus prejuicios. Unos creen ciegamente en el gobierno. Otros creen ciegamente en los medios que atacan al gobierno. Y entre ambos extremos, la verdad termina aplastada.
Por eso la frase de Sheinbaum pesa tanto.
Porque cuando una Presidenta llama públicamente a no consumir un medio de comunicación, aunque sea en tono irónico, el mensaje rebasa la anécdota. Toca fibras democráticas delicadas.
México necesita medios más éticos.
Pero también gobiernos más tolerantes a la crítica.
Porque el verdadero peligro no es ver TV Azteca.
El verdadero peligro es dejar de cuestionar absolutamente todo.







