El Mundial que nos están quitando
Por Gerardo Herrera
La Copa del Mundo siempre fue la fiesta más democrática del planeta.
Durante décadas no importó si eras rico o pobre. Durante un mes, el mundo entero se sentaba frente a una televisión para compartir la misma emoción. Era el único evento capaz de unir a millones de personas alrededor de un balón.

Hoy, esa fiesta se está convirtiendo en otra cosa.

El Mundial de 2026 será el más grande de la historia. La FIFA aumentó el torneo de 32 a 48 selecciones y pasó de 64 a 104 partidos. Cuarenta encuentros más. Oficialmente para abrir espacios a más países. En los hechos, también significa más boletos, más patrocinadores, más publicidad y más dinero. Mucho más dinero.
Pero mientras el negocio crece, el aficionado común desaparece.
Los precios son escandalosos. En Estados Unidos, boletos para algunos partidos de fase de grupos superan los 300 dólares en reventa, mientras que en ciudades como Nueva York, Miami o Ciudad de México se han observado entradas por encima de los mil dólares. Incluso la FIFA tuvo que crear una categoría especial de boletos de apenas 60 dólares después de las críticas internacionales por los costos excesivos.
Y para quien no pueda ir al estadio, tampoco resulta sencillo verlo desde casa.
En México, la experiencia completa del Mundial quedó atrapada detrás de una plataforma de paga. ViX presume más de 10 millones de suscriptores en todo el mundo. Diez millones parecen muchos, hasta que recordamos que el planeta tiene más de 8 mil millones de habitantes. Eso significa que la inmensa mayoría quedó fuera de ese modelo de negocio.
La consecuencia era previsible: millones de aficionados recurren a transmisiones piratas, enlaces clandestinos o cuentas compartidas. No porque quieran violar la ley. Porque el fútbol que históricamente fue de todos ahora se vende como un producto premium.
La obsesión comercial llega a niveles absurdos. Existen paquetes de hospitalidad que arrancan en 2 mil 500 dólares por persona y otros que alcanzan hasta 73 mil dólares, sin incluir vuelos ni hospedaje. Para muchos aficionados, asistir a un Mundial ya no es un sueño deportivo; es un lujo corporativo.
Y mientras tanto aparecen contradicciones difíciles de ignorar. Ahí está el caso de Irán, obligado por restricciones políticas y migratorias a jugar en Estados Unidos y regresar a territorio mexicano para pernoctar. Una situación que demuestra que no todas las selecciones compiten bajo las mismas condiciones y que la geopolítica sigue pesando más que el discurso de unidad global.
La pregunta es inevitable: ¿en qué momento el negocio comenzó a importar más que el deporte?
Porque más partidos no significan mejor fútbol.
Más equipos no garantizan mayor calidad.
Más dinero no genera más pasión.
Y más plataformas no significan más acceso.
Lo verdaderamente preocupante es que la FIFA parece haber confundido crecimiento con grandeza.
Afortunadamente, todavía queda algo que no han podido privatizar.
La emoción de un gol inesperado.
La genialidad de una jugada imposible.
La sorpresa de un equipo pequeño derrotando a una potencia.
Todavía existe el fútbol.
Y es precisamente el fútbol el que está salvando a este Mundial de convertirse en una simple feria comercial global.
Porque si las cosas siguen por este camino, llegará el día en que la Copa del Mundo será una marca, una plataforma, una experiencia VIP o una maquinaria de negocios.
Cualquier cosa.
Menos la gran fiesta de las naciones que alguna vez unió al planeta alrededor de un balón.









