El celular salió mas listo que la escuela
Directo y Sin Escalas, por Gerardo Herrera
México tardó demasiado en admitir lo que cualquier maestro lleva años viendo: es casi imposible competir por la atención de un adolescente que, debajo del pupitre, tiene TikTok, videojuegos y notificaciones diseñadas para atraparlo.
La SEP anunció que prohibirá celulares y tabletas en primarias y secundarias. En prepas y universidades, cada institución pondrá sus reglas y podrá autorizarlos con fines pedagógicos.

La medida es sensata. Era necesaria. Pero sería ingenuo creer que guardar el teléfono resuelve el rezago educativo.
El celular no creó las fallas de la educación mexicana. Solo encontró salones saturados, maestros rebasados, familias ausentes y autoridades que confundieron modernizar con llenar el aula de pantallas. El aparato más invasivo de nuestro tiempo entró a las escuelas sin reglamento, sin acompañamiento y sin pedir permiso.

Y la atención se pierde en segundos.
El problema no es el minuto que tarda en contestar un mensaje. Es que cada interrupción rompe la concentración y obliga al cerebro a empezar de nuevo.

PISA lo midió: tres de cada diez estudiantes dijeron distraerse con su propio dispositivo en clase de matemáticas. Uno de cada cuatro, por el celular del compañero. Quienes se distraen seguido obtuvieron alrededor de quince puntos menos.
No es que el teléfono explique todo. Pero cuando la atención se fragmenta, el aprendizaje también.

Antes discutíamos cómo mantener a un alumno interesado en una explicación de historia. Hoy le pedimos al maestro competir contra algoritmos que conocen los gustos, los miedos y las debilidades de cada menor. Es una pelea despareja.
Y no termina cuando suena el timbre.
Las redes no son ventanas de entretenimiento: son sistemas comerciales hechos para prolongar la conexión. Un niño pasa en minutos de un baile inocente a contenido violento, sexualizado o humillante. El algoritmo convierte una curiosidad en dieta diaria.
La OMS documentó que el uso problemático de redes entre adolescentes pasó de 7 a 11 por ciento entre 2018 y 2022. Casi 280 mil jóvenes estudiados. Entre las mujeres llegó a 13 por ciento.
El riesgo no es solo cuánto tiempo pasan frente a la pantalla. Es qué consumen, a qué edad, y quién está al lado mientras lo hacen.
México no está inventando nada.
Francia prohibió los celulares desde 2018. Países Bajos los restringió en 2024, y una evaluación de su gobierno encontró que el 75 por ciento de las secundarias percibió mayor concentración.
Prohibir será la parte fácil. Lo difícil viene después: ¿dónde se guardan los aparatos?, ¿quién responde por un equipo perdido?, ¿qué pasa cuando una madre exige estar comunicada con su hijo? Una prohibición que no se pueda aplicar será otra circular pegada en la pared.
Pero la responsabilidad más incómoda está fuera de la escuela. Es contradictorio exigirle a un niño seis horas sin celular cuando en casa come, platica y se duerme frente a una pantalla… mientras los adultos hacen exactamente lo mismo.
Quitar el teléfono del pupitre le devuelve autoridad al maestro. Es un buen comienzo. No es suficiente.
Porque si la escuela guarda el celular en la mañana y la familia se lo regresa sin límites en la tarde, no estaremos educando a una generación digital. Estaremos dejando que un algoritmo la eduque por nosotros.







