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México no se arrodilla: el difícil arte de ser soberanos junto a Estados Unidos

  • septiembre 17, 2026
  • 6 min read
México no se arrodilla: el difícil arte de ser soberanos junto a Estados Unidos

Directo y sin escalas
Gerardo Herrera

Claudia Sheinbaum eligió una frase destinada a sobrevivir al desfile militar: “México no se doblega, no se arrodilla y nunca se vende”. La expresión tiene fuerza, memoria y destinatario, aunque no lo mencione.

Porque en 2026 hablar de soberanía no es un ejercicio ceremonial. Ocurre mientras Estados Unidos vuelve a utilizar los aranceles, la migración, el fentanilo y la seguridad fronteriza como instrumentos de presión política.

La administración de Donald Trump ya demostró que puede mezclar comercio y seguridad en una misma negociación. Washington impuso aranceles vinculados al tráfico de drogas y la migración, aunque preservó condiciones preferenciales para mercancías que cumplen con el T-MEC. Casa Blanca

El mensaje es poco diplomático, pero bastante claro: la economía puede convertirse en palanca para obligar a México a modificar decisiones que deberían resolverse entre iguales.

La geografía no admite discursos

México puede proclamar su independencia, pero no puede mudarse de continente. Comparte con Estados Unidos más de 3 mil kilómetros de frontera, cadenas industriales, flujos migratorios, inversiones y una relación comercial difícil de sustituir.

En 2025, las exportaciones mexicanas hacia Estados Unidos representaron 81.7 por ciento del total; Canadá recibió 3.3 por ciento y China apenas 1.5 por ciento. INEGI

Ese dato retrata la principal contradicción mexicana: somos políticamente independientes, pero nuestra economía respira conectada al mercado estadounidense.

Estados Unidos exportó a México mercancías por 337 mil 300 millones de dólares durante 2025 e importó productos mexicanos por 534 mil 300 millones. No se trata de una relación de caridad, sino de una interdependencia de más de 871 mil millones de dólares. USTR

México necesita ese mercado, pero Estados Unidos también necesita automóviles, alimentos, dispositivos médicos, maquinaria y componentes fabricados de este lado de la frontera. La dependencia existe, aunque no pesa igual para ambos.

Ahí está la verdadera negociación: no en gritar más fuerte, sino en identificar cuánto le costaría también al vecino cerrar la puerta.

Canadá: socio, pero no salvavidas

Canadá suele aparecer como el tercer integrante discreto del T-MEC, aunque representa una pieza estratégica para México. Ambos países acumulan más de ocho décadas de relaciones diplomáticas y tres décadas de libre comercio. Gobierno de Canadá

Ottawa puede ser aliado para defender reglas trilaterales, cadenas regionales y mecanismos de solución de controversias. Sin embargo, sería ingenuo pensar que enfrentará a Washington por solidaridad latinoamericana.

Canadá comparte con Estados Unidos una integración todavía más profunda y, llegado el momento, protegerá primero sus industrias, trabajadores y acceso al mercado estadounidense.

La revisión del T-MEC obliga a México a construir coincidencias con Canadá, pero también a llegar con una posición propia: energía confiable, certeza jurídica, infraestructura fronteriza, cumplimiento laboral y una política industrial que no cambie según el humor de cada gobierno.

La soberanía también consiste en cumplir aquello que libremente se firma. De otro modo, la defensa patriótica termina convertida en pretexto para la improvisación.

China: alternativa, oportunidad y advertencia

China aparece como el gran contrapeso. Tiene capital, tecnología, infraestructura y capacidad para comprar materias primas. Pero tampoco entrega independencia gratuitamente.

En julio de 2026, México exportó a China mil 88 millones de dólares e importó 13 mil 888 millones. El déficit mensual alcanzó 12 mil 800 millones de dólares. Data México

La cifra pulveriza una fantasía recurrente: China todavía no sustituye al mercado estadounidense. Es, sobre todo, un enorme proveedor de maquinaria, componentes, teléfonos y tecnología para la industria mexicana.

Acercarse a Beijing puede ampliar el margen diplomático y atraer inversiones. Pero convertir a México en plataforma para ensamblar mercancías chinas con destino a Estados Unidos provocaría una respuesta inmediata de Washington, que ya investiga la triangulación y el uso de terceros países para eludir restricciones comerciales. America First Trade Policy

México necesita comerciar con China sin transformarse en su aduana trasera. La diversificación bien entendida reduce dependencias; cambiar una dependencia por otra únicamente modifica el nombre del acreedor.

Lo que enseña la historia

México aprendió demasiado pronto que declarar la independencia no garantiza conservarla.

En 1847, tropas estadounidenses ocuparon la capital. Un año después, el Tratado de Guadalupe Hidalgo formalizó la pérdida de más de la mitad del territorio nacional. La superioridad militar extranjera encontró a un país dividido, endeudado y con instituciones débiles.

En 1862, Puebla detuvo al Ejército francés, pero aquella victoria no terminó la guerra. La soberanía se recuperó hasta 1867, cuando la resistencia republicana, encabezada por Benito Juárez, derrotó al imperio impuesto desde Europa.

En 1914, Estados Unidos ocupó Veracruz. En 1938, Lázaro Cárdenas expropió el petróleo, pero aquella decisión fue sostenible porque hubo organización institucional, respaldo popular y disposición para asumir el costo económico.

La lección es incómoda: México ha sido más vulnerable cuando se divide internamente, descuida sus instituciones o confunde soberanía con autosuficiencia imaginaria.

La independencia no se conserva únicamente con soldados. También se defiende con finanzas públicas sanas, energía suficiente, tribunales confiables, policías profesionales, puertos seguros, educación científica y empresas capaces de competir.

La soberanía que falta construir

La frase de Sheinbaum es pertinente. Frente a cualquier intento de intervención o subordinación, la respuesta presidencial debe ser firme. Cooperación no significa obediencia y coordinación en seguridad no puede convertirse en permiso para actuar unilateralmente dentro del territorio mexicano.

Pero la soberanía tampoco puede reducirse a una consigna para el Zócalo.

Un país que importa tecnología crítica, depende de un solo comprador, expulsa trabajadores por falta de oportunidades y permite que organizaciones criminales controlen territorios ejerce una soberanía incompleta.

México no debe arrodillarse ante Estados Unidos, Canadá, China ni ninguna otra potencia. Pero para mantenerse de pie necesita algo más que orgullo: capacidad económica, cohesión social, Estado de derecho y una estrategia exterior que sobreviva al siguiente sexenio.

La historia ya demostró que las potencias avanzan cuando encuentran debilidad interna. La pregunta no es si México sabe pronunciar la palabra soberanía, sino si está dispuesto a pagar —con disciplina, inversión y unidad— el precio de ejercerla.

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