¿Debe México regular la influencia digital, frontera entre la libertad de expresión y la responsabilidad profesional?
Por Osvaldo Hernández Olivera
Abogado en Derecho Informático | Opinión Legal sobre Tecnología y Futuro
En los últimos años, los creadores de contenido (influencers) se han convertido en los nuevos líderes de opinión. Hoy no hace falta estar en televisión o tener un título universitario para expresar lo que la gente piensa, compra o incluso cree. Basta una cámara, conexión a internet y una buena dosis de carisma. Pero, ¿qué pasa cuando esa influencia se ejerce sin conocimiento, sin ética o sin la más mínima noción de responsabilidad?

En buena parte del mundo, cada vez suena con más fuerza la idea de que quienes hablan de temas sensibles —medicina, derecho, finanzas o educación— deben tener una certificación o alguna acreditación formal, no para callarlos, sino para asegurar que el público no termine tomando decisiones graves basadas en información errónea o engañosa. ¿Y México para cuándo?
El fenómeno: un megáfono sin límites.
Las redes sociales cambiaron las reglas del juego. Hoy, un video de 30 segundos en TikTok, puede tener más impacto que una clase completa en la universidad. La diferencia radica en que, mientras un médico, un abogado o un maestro necesitan años de preparación y una cédula profesional, cualquier persona puede abrir un canal y dar consejos sobre salud, leyes o inversiones… sin haber estudiado jamás el tema.
Ese vacío —ni legal ni ético— ha generado una zona gris donde la fama pesa más que el conocimiento. Y claro que ya hemos visto las consecuencias: tratamientos milagrosos que ponen en riesgo la salud, fraudes financieros disfrazados de “tips”, o interpretaciones legales que rozan en lo absurdo.

Libertad de expresión… sí, pero con responsabilidad.
Hay que dejar claro que regular no es censurar. Se trata de aclarar la diferencia entre opinar y asesorar.
Cualquiera puede dar su punto de vista; eso es libertad de expresión, pero ofrecer “consejos profesionales” sin la preparación adecuada es otro asunto.
En México, la Ley Federal de Protección al Consumidor comienza a contemplar sanciones para la publicidad engañosa y las autoridades a poner atención a los influencers que promocionan productos. Pero el debate sigue incompleto: ¿qué pasa con los contenidos que no venden, sino que enseñan (o mal enseñan)?¿Debería una influencer recomendar medicamentos sin ser médica?
¿O un youtuber hablar de estrategias legales sin haber pisado una facultad de Derecho? Estos son dilemas urgentes.
Una propuesta sensata: especialización y verificación.
1. Recientemente China ha planteado una idea interesante: que quienes generen contenido sobre temas técnicos o especializados cuenten con una certificación profesional que los respalde. No se trata de crear más burocracia, sino de avalar que quien habla del tema, al menos, sepa de lo que está hablando. Podría funcionar bajo un modelo de “creadores verificados por campo” donde las propias plataformas o instituciones educativas validen las credenciales de cada comunicador.
Por ejemplo:
• Un influencer de salud debería acreditar una cédula profesional médica o una certificación sanitaria.
• Un creador de contenido legal tendría que demostrar formación en Derecho o pasar un curso de ética informativa.
• Un educador digital, mínimo, acreditar una preparación pedagógica o académica básica.
Esto no solo protegería al público, sino también al propio comunicador. Brindaría legitimidad a su trabajo y lo blinda contra posibles sanciones por desinformación.

Los riesgos de regular: entre el control y la censura.
Por supuesto, regular a los creadores de contenido no es tan simple como parece, pero quién debería hacerlo ¿el Estado, las plataformas o los colegios profesionales, además de cómo evitar que esa regulación termine convirtiéndose en un mecanismo de censura o control político? Por otro lado, hay creadores autodidactas que aportan contenido valioso, aunque no tengan un título universitario. Y excluirlos sería un error. Por eso, cualquier intento de regulación debería ser orientador, no punitivo: promover la transparencia, la veracidad y la ética, no castigar la creatividad.
Educación digital: la ruta más inteligente.
Más que sancionar, México podría apostar por la educación digital y la autorregulación responsable. Plataformas y creadores pueden comprometerse a seguir códigos de conducta para dejar claro cuando se trata de un contenido de opinión y cuando de una asesoría efectivos que construyan una cultura donde el valor de un creador no se mida por el número de seguidores, sino por la calidad y la honestidad de lo que comparte.
Influencia con conciencia.
Se trata de reconocer que México tiene una oportunidad única: crear un marco ético y jurídico que proteja a los ciudadanos sin frenar la innovación ni la libertad de expresión.
Los creadores de contenido del futuro no solo deberán tener voz, también criterio, preparación y una conciencia clara del peso de sus palabras.
Porque influir no es solo hablar: es guiar. Y quien guía sin conocimiento, puede terminar perdiendo —y hacer perder— el rumbo.







