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¿Por qué una multitud decide matar?

  • julio 6, 2026
  • 5 min read
¿Por qué una multitud decide matar?

Por Rita Sánchez

Nadie sale de su casa pensando que terminará participando en un linchamiento. Sin embargo, una y otra vez sucede. Personas comunes, vecinos, comerciantes, padres y madres de familia terminan convertidos en una multitud capaz de golpear, torturar e incluso quitarle la vida a otro ser humano.

La pregunta no debería ser solamente quién murió o quién era el presunto responsable. La pregunta de fondo es mucho más incómoda: ¿qué está pasando para que tantas personas crean que la justicia puede hacerse con sus propias manos?

Lo ocurrido hace unos días en Cohuecan vuelve a poner el tema sobre la mesa. Un hombre acusado de robar llantas fue golpeado y quemado por un grupo de pobladores. Cuando las autoridades llegaron, ya era demasiado tarde. La ambulancia ni siquiera pudo acercarse porque la multitud impedía el paso.

Nada justifica un linchamiento.

Nada.

Pero tampoco podemos cerrar los ojos y fingir que estos hechos ocurren por casualidad.

Cuando una comunidad decide actuar de esa manera es porque, detrás de esa violencia, existe una enorme desconfianza hacia las instituciones encargadas de impartir justicia.

¿Cuántas personas han denunciado un robo sin obtener respuesta?

¿Cuántas veces hemos escuchado que un delincuente fue detenido y pocas horas después volvió a caminar tranquilamente por las mismas calles?

¿Cuántas víctimas sienten que denunciar significa perder tiempo, dinero y tranquilidad?

Es ahí donde comienza el verdadero problema.

Cuando la gente deja de creer en la autoridad, busca resolver los conflictos por su cuenta.

Y ese camino siempre termina mal.

Puebla conoce muy bien esta historia.

Uno de los casos más recordados ocurrió en San Miguel Canoa, donde cinco trabajadores universitarios fueron confundidos con agitadores políticos y atacados por una multitud. Cuatro de ellos perdieron la vida en un episodio que marcó para siempre la historia del estado.

Décadas después, parecía que habíamos aprendido la lección.

Pero no fue así.

En Ajalpan, en 2015, dos jóvenes encuestadores llegaron a realizar su trabajo como cualquier otro día. Bastó un rumor que comenzó a circular entre la población para convertirlos en supuestos secuestradores de niños. Fueron sacados de la comandancia municipal y asesinados por cientos de personas. Eran completamente inocentes.

Tres años más tarde ocurrió algo similar en Acatlán de Osorio. Dos hombres fueron señalados, sin pruebas, de intentar robar menores de edad. La multitud no esperó una investigación. Tampoco permitió que actuaran las autoridades. Los golpeó y les prendió fuego.

La historia tampoco es exclusiva de Puebla.

Hace apenas unos meses, en Taxco, Guerrero, la indignación provocada por el asesinato de una niña terminó con otra tragedia. Una mujer fue linchada por habitantes del lugar antes de que concluyera cualquier proceso judicial.

En todos estos casos hay algo en común.

La justicia nunca llegó.

Primero llegó el rumor.

Después apareció el miedo.

Luego la rabia.

Y finalmente la violencia.

Vivimos tiempos donde un mensaje en redes sociales o en WhatsApp puede recorrer una comunidad en cuestión de segundos. Muchas veces basta una fotografía, una acusación sin pruebas o una historia inventada para que alguien sea condenado por la opinión pública antes de que exista una sola investigación.

Las consecuencias pueden ser irreversibles.

Porque cuando una multitud decide matar, ya no importa si la persona era culpable o inocente.

Si era inocente, nunca podrá demostrarlo.

Y si era culpable, tampoco enfrentará un juicio que permita conocer toda la verdad y sancionarlo conforme a la ley.

Todos perdemos.

Según informó la Secretaría de Seguridad Pública, durante 2025 Puebla registró alrededor de 90 intentos de linchamiento. Este año solamente se han consumado dos.

La cifra puede parecer menor.

Pero dos personas asesinadas por una multitud siguen siendo demasiadas.

Reducir los casos es una buena noticia.

Erradicarlos debería ser el verdadero objetivo.

Para lograrlo no basta con enviar más patrullas.

Hace falta recuperar algo mucho más difícil: la confianza.

Confianza en que una denuncia será atendida.

Confianza en que quien cometa un delito será investigado.

Confianza en que un juez resolverá conforme a la ley.

Confianza en que las víctimas encontrarán justicia sin tener que buscar venganza.

Porque cuando una sociedad deja de confiar en sus instituciones, la desesperación ocupa ese lugar.

Y la desesperación rara vez toma buenas decisiones.

Hoy fue un presunto ladrón.

Ayer fueron dos encuestadores inocentes.

Mañana podría ser cualquier persona señalada por un simple rumor.

Por eso nunca debemos normalizar un linchamiento.

No importa quién sea la víctima.

No importa de qué se le acuse.

En un Estado de derecho, la justicia no puede depender del enojo de una multitud.

Porque el día que permitimos que la violencia sustituya a la ley, dejamos de ser una sociedad que busca justicia para convertirnos en una sociedad gobernada por el miedo.

Y cuando eso ocurre, nadie puede sentirse verdaderamente seguro.