Una bicicleta de mil quinientos pesos y una vida que no tenía precio
Por Rita Sánchez
Hay asesinatos que indignan. Y hay otros que rompen algo por dentro.

La muerte de Cuitláhuac Muñoz Almaguer pertenece a esta última categoría.

Tenía 63 años. Era conocido entre los ciclistas poblanos como «Papá Güero». Era padre, amigo, deportista y trabajador. Como cada madrugada, salió a recorrer las calles sobre su bicicleta. Nunca regresó. Dos delincuentes decidieron que su vida valía menos que el vehículo en el que se transportaba.
Según colectivos ciclistas, la bicicleta por la que lo mataron tenía un valor aproximado de mil 500 pesos. Piénselo por un momento. Una vida construida durante más de seis décadas fue arrebatada por una cantidad que muchos gastan en una comida familiar o en una ida al supermercado.

¿Qué clase de sociedad produce personas capaces de dispararle en la cabeza a un hombre de 63 años para quitarle una bicicleta?
La respuesta es incómoda. Vivimos una época donde la delincuencia ha perdido cualquier rastro de humanidad. Las drogas, la violencia cotidiana, la impunidad y la descomposición social han creado individuos para quienes la vida ajena ya no significa nada. Ya no se roba por necesidad. Se agrede, se humilla y se mata sin remordimiento.
Por eso duele tanto la bicicleta blanca colocada en Loma Linda. No es un simple homenaje. Es un grito silencioso. Es la evidencia de que la ciudad está perdiendo personas buenas mientras los ciudadanos aprenden a vivir con miedo. Lo más triste es que algunos vecinos ya recomiendan portar silbatos para pedir ayuda en caso de emergencia. Cuando una sociedad llega a ese punto, significa que la inseguridad dejó de ser una noticia y se convirtió en una forma de vida.
Cuitláhuac no era una estadística. Era uno de nosotros. Uno de esos mexicanos que se levantan temprano, trabajan duro y no le hacen daño a nadie.
Y quizá por eso duele tanto.
Porque no mataron a un delincuente ni a un personaje público. Mataron a un hombre honesto. A un ciudadano que simplemente salió de casa.
Y mientras la justicia encuentra a los responsables, queda una pregunta que debería perseguirnos a todos:
¿En qué momento permitimos que una bicicleta valiera más que una vida?







