La plaza, el poder y el mensaje
Ángela Mercado
Por años, la política mexicana midió su fuerza en encuestas. Antes, la medía en plazas.
Este domingo, la presidenta Claudia Sheinbaum regresó a una vieja tradición del sistema político mexicano: demostrar músculo en el espacio público. No fue una campaña electoral, tampoco un cierre de filas partidista convencional. Fue algo más profundo: una exhibición de capacidad de movilización en un momento en el que la disputa política ya no se libra únicamente en las urnas, sino también en la percepción pública, las redes sociales y la narrativa nacional.
Las imágenes del Monumento a la Revolución lleno, acompañadas por concentraciones simultáneas en distintos estados del país, tienen un significado que va más allá del discurso pronunciado desde el templete. En política, las formas importan. Y cuando un gobierno convoca y la gente acude, el mensaje no sólo va dirigido a sus simpatizantes; también llega a sus adversarios, a los mercados, a los grupos de presión y, por supuesto, a los actores internacionales.
La historia mexicana está llena de demostraciones de fuerza política. El viejo régimen priista construyó durante décadas una cultura de movilización masiva que buscaba transmitir estabilidad y control. Sin embargo, en aquellos tiempos la asistencia muchas veces era producto de estructuras corporativas. Lo interesante del fenómeno actual es que surge en una época donde la ciudadanía tiene mayores márgenes de decisión y donde la convocatoria compite contra la apatía, el desencanto y la saturación informativa.
Por eso la cifra más importante del evento no necesariamente son los indicadores económicos, los avances en seguridad o los datos de programas sociales que presentó la Presidenta. La cifra relevante es otra: la capacidad de reunir a cientos de miles de personas alrededor de una causa política sin estar en medio de una campaña electoral.
Eso explica por qué el mensaje central del acto no fue económico. Fue político. Cuando Sheinbaum llamó a realizar asambleas informativas en plazas públicas y afirmó que la soberanía nacional debe defenderse frente a cualquier intento de injerencia externa, estaba haciendo algo más que un llamado a la militancia. Estaba enviando una señal de cohesión interna.
La política moderna suele subestimar el valor simbólico de las plazas. Pero la historia demuestra lo contrario. Desde la Independencia hasta la Revolución, pasando por el movimiento estudiantil de 1968, las marchas por la democracia de los años ochenta o las concentraciones de Andrés Manuel López Obrador en el Zócalo, las plazas han funcionado como termómetro del ánimo colectivo.
Claro está que llenar una plaza no resuelve los problemas del país. No baja automáticamente los índices de violencia, no mejora por sí mismo los servicios de salud ni sustituye los resultados de gobierno. Pero sí construye algo igual de importante para cualquier administración: legitimidad política.
Y quizá ahí radique la principal lectura del acto del domingo.
A dos años de su triunfo electoral, Claudia Sheinbaum quiso mostrar que conserva no sólo la Presidencia de la República, sino también la capacidad de convocar, movilizar y conectar emocionalmente con una parte importante de la población. En otras palabras: quiso demostrar que el movimiento que la llevó al poder sigue vivo, organizado y dispuesto a ocupar las plazas.
Porque en política, como en el ajedrez, hay movimientos que no buscan ganar la partida de inmediato. Buscan recordar quién controla el tablero.














