¿Quién conduce realmente? La responsabilidad legal en la era de los vehículos autónomos
Por Osvaldo Hernández Olivera
Abogado en Derecho Informático | Opinión Legal sobre Tecnología y Futuro.
Imagínemos la escena: acaba de adquirir un vehículo autónomo que lo llevará al destino que le indique; mientras el algoritmo calcula ruta de viaje, velocidad de navegación, entre otros, usted va reclinado en el asiento, revisando correos o quizás tomandose un cafecito, mientras su flamante coche le lleva al trabajo a 80 km/h. Esta tecnología es lo prometido desde los Supersónicos.

De repente, un frenado en seco, el crujido del metal y el olor a bolsas de aires quemadas: el coche ha calculado mal. Cuando el humo se disipa y llega el agente de vialidad o la aseguradora, surge la pregunta del millón, esa que tiene a los juristas de medio mundo dándose cabezazos contra la pared: si usted no conducía… ¿de quién demonios es la culpa?
Se acabó lo de «fue un error humano».
Llevamos más de un siglo con una regla muy cómoda: si hay un accidente, casi siempre hay un humano que se equivocó: que si viste el teléfono, que si ibas muy rápido, que si te tomaste una copa de más, etc. El 90% de los accidentes son culpa de nuestra torpeza biológica y nuestro sistema legal está diseñado para castigar la negligencia humana. Pero, ¿cómo castigas a un código? ¿Cómo le pides responsabilidades a un software?

La trampa de la «siesta permitida».
No nos engañemos: aunque nos vendan que los coches se conducen solos, la realidad tiene mucha letra pequeña: si su coche tiene «asistencia de carril» y se estrella, la culpa sigue siendo suya. El perito le dirá que no debió soltar el volante. Pero el verdadero drama legal está en esa zona gris,el famoso Nivel 3 de autonomía. Es ese punto traicionero donde el coche te dice «tranquilo, yo controlo», pero espera que, si la cosa se complica, tú tomes el mando en cuestión de segundos. Es como tener un copiloto que se duerme y te lanza el volante justo antes del precipicio. Si el coche no avisa a tiempo, ¿es fallo de la máquina? Si avisa y tú estás distraído confiando en la máquina, ¿es culpa tuya? Es la papa caliente que nadie quiere tener en las manos.
El dilema de la ética fría.
Y luego está lo que realmente pone los pelos de punta: las decisiones de vida o muerte. El famoso «Dilema del Tranvía» deja de ser un ejercicio de filosofía para convertirse en una línea de código: si el coche se queda sin frenos y tiene que elegir entre atropellar a un peatón o estamparse contra un muro (poniendo en riesgo al pasajero), ¿qué va a decidir? Peor aún: esa decisión la tomó un programador hace tres años en una oficina con aire acondicionado. Entonces, ¿es ético que un algoritmo decida quién vive, basandose en elegir por edad o características físicas? ¿Cómo sabemos qué prejuicios tiene la «caja negra» del coche?

El futuro: ¿Asegurar el coche o asegurar el algoritmo.
Las aseguradoras, que no dan paso sin huarache, ya están temblando. Es muy probable que en unos años dejemos de contratar seguros de auto personales; si yo compro un vehículo 100% autónomo (un Nivel 5, donde ya ni hay volante), soy simple carga, un bulto. Si el coche choca, la responsabilidad tendrá que ser del fabricante. Marcas como Tesla, Mercedes o Waymo tendrán que venderte el coche con el seguro de responsabilidad civil incluido, asumiendo que su «producto» es infalible. Y cuando falle —porque ocurrirá, ninguna máquina es perfecta—, la batalla no será en la carretera, sino en los servidores, analizando terabytes de datos para ver si fue un sensor sucio, un bug en la actualización del martes o un fallo en la red 5G.
Ojo con soltar el volante.
La conducción autónoma va a salvar millones de vidas, no me cabe duda. Los robots no se emborrachan ni se pican con el de al lado. Pero la transición va a ser un campo de minas legal.

Mi consejo, de humano a humano, mientras todo esto se aclara: aunque su coche sea muy listo y tenga más pantallas que una nave espacial, no se confíe: mantenga las manos cerca del volante. Porque hoy por hoy, si la tecnología falla, el susto —y la demanda— se la sigue llevando usted.







