San José Chiapa: la protesta que grita “basurero”… pero huele más a negocio
Directo y Sin Escalas, por Gerardo Herrera
Hay protestas que nacen del hartazgo y hay otras que nacen del cálculo. Lo ocurrido el 11 de abril de 2026 en San José Chiapa, durante la visita de la presidenta Claudia Sheinbaum, se parece más a lo segundo que a lo primero. Unos veinte manifestantes —convocados, organizados, perfectamente sincronizados— irrumpieron con una consigna ya digerida: rechazar una recicladora bajo el argumento de que será un “basurero”. El problema no es la oposición, sino la ligereza del argumento. Porque el proyecto, inserto en un esquema de economía circular, busca exactamente lo contrario: sustituir tiraderos a cielo abierto, procesar residuos y generar empleo en una región que lo necesita. Pero cuando la consigna es “no”, los matices estorban. No es indignación espontánea, es rechazo inducido.

La escena no sorprende. En México, la protesta dejó de ser exclusivamente un instrumento social para convertirse también en una herramienta de presión, de negociación y, en no pocos casos, de negocio. Basta mirar hacia atrás: Atenco entre 2001 y 2006, donde una causa legítima terminó envuelta en una disputa política que frenó un aeropuerto estratégico; la resistencia a la Reforma Educativa entre 2013 y 2016, donde la defensa laboral se mezcló con la preservación de privilegios sindicales; o incluso los gasolinazos de 2017, donde la indignación real fue aprovechada para escalar bloqueos con intereses muy concretos. Cambian los contextos, pero el patrón se mantiene: causas que en su origen son defendibles, pero que en su desarrollo son capturadas. En México, la protesta no solo se ejerce… también se administra.

Puebla conoce bien ese libreto. Organizaciones como la 28 de Octubre o Antorcha Campesina han construido poder precisamente en esa frontera difusa entre la representación social y la intermediación política. No siempre aparecen con la bandera al frente, pero su lógica permea: simplificar el conflicto, amplificar la inconformidad y convertirla en palanca. Por eso no resulta casual que, al mismo tiempo que se agita la oposición a la recicladora, el proyecto del Cablebús en Puebla se ajuste ante presiones que hablan de impacto ambiental sin detenerse demasiado en los estudios técnicos ni en el beneficio de movilidad que implicará. No es coincidencia, es método. Donde hay obra pública, aparece la protesta… y detrás, alguien cobrando.
Porque cuando una protesta se activa con tanta rapidez, la pregunta no debería ser qué se dice, sino quién lo impulsa y, sobre todo, qué se pierde si el proyecto avanza. En más de una ocasión, la respuesta no está en el discurso público sino en los márgenes: terrenos que cambian de valor, contratos que se reacomodan, gestiones que de pronto tienen precio. La vieja práctica del “moche” no desapareció, solo se sofisticó. Y en ese juego, la protesta deja de ser un derecho para convertirse en moneda. Aquí no se defiende el territorio: se negocia con él.

Lo verdaderamente delicado es que la materia prima de todo esto sigue siendo la gente. Personas que, desde la desconfianza histórica hacia la autoridad, compran la narrativa sin acceso a la información completa, que se movilizan convencidas de que defienden su entorno cuando en realidad están sosteniendo agendas ajenas. Ahí está el punto crítico: no es ignorancia, es una buena fe utilizada con precisión quirúrgica. La causa es real… pero el guion no es suyo.
Por eso lo de San José Chiapa difícilmente puede leerse como un movimiento social genuino. Tiene más de escenografía que de raíz, más de consigna que de conocimiento. Y lo más revelador no es la protesta en sí, sino lo que viene después: los mismos actores que hoy se colocan como adversarios del gobierno estatal son, en los hechos, quienes buscarán capitalizar ese descontento, aunque ello implique frenar proyectos que —paradójicamente— tendrían que defender si realmente representaran el interés público. Hoy bloquean, mañana negocian… y siempre capitalizan.
Porque oponerse es sencillo; lo complejo es construir. Y en Puebla, una vez más, hay quienes prefieren el ruido… porque en el ruido, el negocio siempre encuentra cómo hacerse escuchar. San José Chiapa no fue espontáneo: lo activaron. Y ya hay quien pasa la factura.
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