La IA también tiene sed… y México le está invitando la ronda
Por Osvaldo Hernández Olivera
Abogado en Derecho Informático | Opinión Legal sobre Tecnología y Futuro.
Cuando le pides a una inteligencia artificial que te redacte un correo o te genere una imagen, apuesto a que no piensas en el agua. Casi nadie lo hace. Pero la realidad es que detrás de cada respuesta de tu chatbot favorito, hay un centro de datos que consume agua, mucha agua y curiosamente en lugares donde ya escasea. Mientras tú lees esto, en algún rincón de Querétaro, el Estado de México o Nuevo León, hay un edificio gigantesco, sin ventanas, lleno de servidores que se enfrían tragándose miles de litros al día; estamos hablando de agua extraída de acuíferos que ya están bajo un estrés brutal; esa misma agua que compite con la que tú te bebes, la que riega los cultivos locales o la que, de plano, ya no llega a tu colonia. No te hablo de metáforas: te hablo de infraestructura pura y dura.

El secreto de la nube.
El consumo hídrico de la inteligencia artificial es de los datos mejor guardados por la industria, y no porque sea confidencial, sino porque nadie los obliga a publicarlo. Microsoft, Google y Amazon reportan lo que quieren, de forma agregada y con las metodologías que mejor les acomodan. Lo poco que han rascado los investigadores asusta: entrenar a uno de estos monstruos lingüísticos (los motores de ChatGPT o Gemini) puede devorar la energía equivalente a cientos de vuelos transatlánticos. ¿Pedirle una imagen a la IA? Te gasta hasta cincuenta veces más energía que una búsqueda normal en Google. Para que estas máquinas no se fundan, usan sistemas de enfriamiento evaporativo que dependen directamente del agua. Un solo centro mediano se puede beber de uno a cinco millones de litros diarios. Y sí, varios de ellos operan en México sin la más mínima obligación de reportar ese consumo ante una autoridad ambiental, ni de cumplir con un estándar hídrico.
El oasis de los datos en un país que se seca.
¿Por qué se vienen para acá? Porque México tiene buena ubicación, energía accesible y —seamos francos— una tremenda laxitud regulatoria. Somos el paraíso de los centros de datos: Querétaro es el rey indiscutible, seguido de cerca por el Edomex y Nuevo León. La gran ironía es que la Conagua ya clasificó las cuencas del Valle de México y del Lerma-Santiago como «sobreexplotadas». Básicamente, le estamos exprimiendo a la tierra más agua de la que la lluvia puede reponer. Permitir que estas moles sedientas operen ahí dejó de ser una simple decisión empresarial: es una decisión política que alguien nos impuso. Mientras tanto, nuestra ley ambiental (la Ley General de Equilibrio Ecológico y la Protección al Ambiente) ni siquiera sabe bajo qué categoría de impacto caen estos centros. ¿Requieren manifestación de impacto? ¿Quién los vigila? Pura ambigüedad. Y la ambigüedad siempre premia al que contamina.

El artículo que tenemos de adorno.
El artículo 4 de la Constitución es clarísimo: todos tenemos derecho a un medio ambiente sano. El Estado tiene la obligación de garantizarlo y protegerlo. No es una frase bonita, la Suprema Corte lo reconoce como un derecho que se puede exigir ante un juez. Sin embargo, nadie lo está usando para frenar esta locura en zonas sin agua; no hay amparos colectivos, ni criterios de la Profepa, ni políticas que les exijan certificar su huella hídrica. En resumen: México está subsidiando el cerebro de la inteligencia artificial global con nuestra agua y nuestro silencio legal, sin llevarnos un beneficio directo. A eso se le llama «externalidad negativa» y nos están pasando la factura.
No hay que descubrir el hilo negro.
Las soluciones existen y no requieren inventar nada nuevo: Semarnat y Conagua deben clasificar a estos centros como industria de alto impacto hídrico: hay que condicionar sus permisos y cobrarles una compensación real, económica para recargar las cuencas que están secando. Estados Unidos y Europa ya lo están debatiendo. Solo nos falta la voluntad política para meter en cintura a una industria que cree que aquí el agua es gratis. Porque hasta hoy, se la hemos regalado. Tenemos el marco constitucional (el artículo 4 y la LGEEPA); solo falta que las autoridades tengan el temple de aplicarlo a una industria que cree que el agua en México es gratis. Porque, lamentablemente, hasta hoy lo ha sido.

Piénsalo la próxima vez: cuando le preguntas algo a una IA, alguien está usando el agua que quizás tú necesitas. La diferencia es que ellos tienen un jugoso contrato gubernamental y tú… una llave en casa de la que, a veces, no sale ni una gota.







